Quien haya orado por lo mismo durante años, sin respuesta, hasta casi dejar de esperar, entiende algo de lo que Zacarías vivía. Él y su esposa, Elisabet, eran ancianos, justos delante de Dios, y aun así cargaban el dolor público de la esterilidad en una cultura que veía a los hijos como bendición y su ausencia como vergüenza.
Zacarías era sacerdote, y aquel día le tocó, por sorteo, entrar en el templo y ofrecer incienso delante del Señor, un honor que tal vez solo ocurriera una vez en la vida. Fue allí, junto al altar del incienso, donde un ángel se le apareció.
Gabriel anunció que la oración de Zacarías había sido escuchada: Elisabet daría a luz un hijo, que se llamaría Juan y prepararía el camino del Señor. Ante la promesa, Zacarías dudó: “¿Cómo podré estar seguro de esto? Ya soy anciano, y mi esposa también es de edad avanzada” (Lucas 1:18).
La duda tuvo un precio inmediato: Zacarías quedaría mudo hasta que la palabra se cumpliera. Salió del templo sin poder hablar, haciendo señas al pueblo que esperaba afuera, y volvió a casa cargando en silencio el milagro que ya crecía en el vientre de Elisabet.
Nueve meses después, el día de la circuncisión del niño, los parientes querían llamarlo Zacarías, como su padre, pero Elisabet insistió en que se llamara Juan. Consultado por señas, Zacarías pidió una tablilla y escribió: “Su nombre es Juan” (Lucas 1:63).
En ese instante su boca se abrió, su lengua se soltó, y comenzó a hablar, alabando a Dios (Lucas 1:64). Lo primero que hizo con la voz recuperada fue profetizar sobre la misión de su hijo: preparar el camino del Señor y anunciar el perdón de los pecados a su pueblo (Lucas 1:76-77).
La historia de Zacarías habla a quien ya haya dudado de una promesa que tardó demasiado. Dios no desiste de lo que prometió solo porque la fe vacile, y el silencio que la incredulidad impone puede terminar, como terminó el suyo, en alabanza.