Hay proyectos que se atascan justo a la mitad: la obra detenida, el sueño que se enfrió, la reconstrucción que ya nadie recuerda por qué comenzó. Quien alguna vez tuvo que retomar algo así, sin ánimo y sin plazo, encuentra en Zacarías a un profeta que habla directo a ese cansancio.
Era un joven sacerdote, nieto del sacerdote Ido, que había vuelto del exilio babilónico con Zorobabel. Casi dos décadas después del retorno, el templo seguía en ruinas y el pueblo había desistido de terminarlo. En el segundo año del rey persa Darío, la palabra del Señor vino a Zacarías, hijo de Berequías (Zacarías 1:1), en el mismo período en que el profeta Hageo también predicaba al pueblo (Esdras 5:1).
En una sola noche, Zacarías recibió ocho visiones (Zacarías 1:7 a 6:8): jinetes recorriendo la tierra, cuernos derribados por herreros, un hombre midiendo Jerusalén, el sumo sacerdote Josué con sus vestiduras sucias cambiadas por vestiduras limpias, un candelabro de oro, un rollo volador de juicio, una mujer dentro de una canasta y cuatro carros. Cada imagen garantizaba que Dios no había abandonado el proyecto.
Al gobernador Zorobabel, encargado de levantar el templo con pocos recursos y mucha oposición, llegó la palabra que resume todo el libro: “No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu, dice el SEÑOR Todopoderoso” (Zacarías 4:6). El templo, finalmente, fue concluido en el sexto año de Darío.
En los capítulos finales, la visión de Zacarías se extiende más allá de su tiempo: un rey que vendría montado en un pollino (Zacarías 9:9), un pastor rechazado por treinta piezas de plata (Zacarías 11:12,13), aquel a quien traspasaron (Zacarías 12:10). Siglos después, los evangelios reconocerían esas palabras en Jesús.
Zacarías no vio el templo terminado como el final de la historia, lo vio como una señal de algo más grande que Dios todavía iba a hacer. Para quien hoy lleva a cuestas una obra inacabada, una iglesia pequeña, una familia en reconstrucción, el mensaje es el mismo: lo que parece pequeño a los ojos humanos no es pequeño para quien promete completar la obra por su Espíritu, no por la fuerza de quien construye.