Zacarías profetizó a un pueblo pequeño y desanimado. Los judíos habían regresado del exilio en Babilonia, pero la ciudad todavía estaba en ruinas y el templo era apenas un cimiento.
Contemporáneo del profeta Hageo, Zacarías recibe visiones que garantizan algo simple y poderoso: el Señor no ha olvidado a su pueblo. Él volverá a Jerusalén y habitará en medio de ella.
El libro se abre con ocho visiones nocturnas, llenas de jinetes, cuernos, un cordel de medir y un sumo sacerdote con ropas sucias cambiadas por vestiduras puras. Cada imagen responde a un temor real de aquel pueblo recién llegado.
Después de las visiones, Zacarías vuelve a hablar de cosas simples: ayuno, justicia y verdad entre vecinos. Dios deja claro que reconstruir el templo no sustituye reconstruir el carácter.
Pero es en la segunda mitad del libro que Zacarías revela algo sorprendente. Describe a un Rey que llega montado en un asno, humilde y victorioso al mismo tiempo.
Ese mismo libro habla de un pastor traicionado por treinta piezas de plata y de un pueblo que un día mirará a aquel a quien traspasaron y llorará en arrepentimiento. Siglos después, los evangelios mostrarán esos detalles cumplidos, uno a uno, en la vida de Jesús.
Zacarías termina mirando hacia un futuro aún mayor: el día en que el Señor será rey sobre toda la tierra y hasta las cosas más comunes llevarán la marca de la santidad.
Es un libro difícil en algunos pasajes, pero gratificante. Muestra que Dios cumple promesas antiguas con una precisión que solo él podría planear.
Vale la pena leer Zacarías con atención. Detrás de imágenes antiguas y siglos de distancia, hay un Dios fiel que siempre señaló al Rey que había de venir.