Es común comenzar bien y terminar mal. Mucha gente vive fiel a Dios durante años, sufre una crisis, cede en un detalle, y el pequeño desliz se vuelve hábito hasta que la persona ya ni se reconoce a sí misma. La vida del rey Asá de Judá ilustra bien ese riesgo: un comienzo brillante, seguido por un final marcado por decisiones tomadas sin Dios.
Asá era hijo de Abías y nieto de Roboán, y fue el tercer rey de Judá después de la división del reino. Apenas asumió el trono, hizo lo que ninguno de sus antecesores había hecho: eliminó los altares paganos y destruyó los ídolos por todo el país. Incluso su abuela Maacá, que ocupaba la posición de reina madre, fue destituida por causa de su idolatría.
Judá vivió años de paz bajo ese gobierno fiel. La fe de Asá fue puesta a prueba cuando Zera, el cusita, avanzó contra el reino con un ejército mucho mayor. En vez de contar soldados, Asá clamó al Señor, pidiendo ayuda a quien no distingue entre pocos y muchos. La victoria llegó, y el profeta Azarías confirmó al rey que Dios está con quienes lo buscan.
Años después, surgió otro conflicto, ahora contra Basá, rey de Israel. Esta vez Asá no oró: usó plata y oro del templo para comprar la ayuda del rey de Siria. El plan funcionó a corto plazo, pero el profeta Hananí fue enviado para recordarle al rey lo que él ya sabía.
Los ojos del Señor recorren toda la tierra para fortalecer a quien tiene el corazón enteramente vuelto hacia él. En vez de arrepentirse, Asá reaccionó con ira: encarceló a Hananí y oprimió a parte del pueblo. Más tarde, ya enfermo de los pies, buscó médicos, pero no buscó a Dios.
La historia de Asá no cabe en la etiqueta simple de buen rey o mal rey: fue las dos cosas, en fases diferentes de la misma vida. Por eso su trayectoria habla tan de cerca a quien ya vivió ese mismo patrón: temporadas de intimidad real con Dios, seguidas por temporadas de autosuficiencia silenciosa.
Ninguna victoria del pasado garantiza la fidelidad del presente. La pregunta que Asá deja a quien lee su historia no es cómo empezó, sino dónde dejó de confiar, y esa pregunta sigue vigente.