Casi todos hemos esperado alguna vez algo tan demorado que dejamos de esperar en serio, y seguimos con el guion solo por costumbre. Sara vivió esa espera durante décadas, con una promesa de Dios pendiente sobre su cabeza que parecía cada vez más imposible de cumplirse.
Sara era esposa de Abraham y también su media hermana, hija del mismo padre, Taré, pero de otra madre (Génesis 20:12). Siendo joven, salió de Ur de los Caldeos con su padre y su esposo, quienes se detuvieron en el camino y se establecieron en Harán (Génesis 11:31). Fue allí donde Dios llamó a Abraham a continuar el viaje, y Sara fue con él sin saber el destino, confiando solo en la palabra que Dios le había dado a su esposo (Génesis 12:1-5).
Era estéril desde el principio (Génesis 11:30), y los años pasaron sin tener un hijo. En Egipto, temiendo ser matado a causa de la belleza de Sara, Abraham le pidió que dijera que era su hermana; el faraón la llevó a su harén, hasta que Dios intervino con plagas (Génesis 12:10-20).
Cansada de esperar, Sara entregó a su sierva Agar a Abraham para que le diera un heredero en su lugar, una costumbre común en la época. La decisión trajo a Ismael al mundo, pero también rivalidad y décadas de tensión dentro del hogar (Génesis 16).
Cuando tres visitantes anunciaron que ella tendría un hijo dentro de un año, Sara se rio a escondidas en la tienda, incrédula ante su propia edad avanzada. Al ser interrogada, negó haberse reído, por miedo (Génesis 18:10-15).
Aun así, la promesa se cumplió: a los 90 años, Sara dio a luz a Isaac, y Abraham tenía 100 (Génesis 17:17, 21:1-5). El nombre del niño, que significa “él ríe”, pasó a recordar la risa de incredulidad que se convirtió en risa de alegría (Génesis 21:6).
Después del destete de Isaac, Sara pidió que Agar e Ismael fueran expulsados, temiendo por la herencia de su hijo (Génesis 21:8-14). Murió a los 127 años en Hebrón, y Abraham compró la cueva de Macpela solo para sepultarla (Génesis 23).
La vida de Sara muestra que Dios cumple sus promesas incluso cuando la persona que las recibe ya se rio con incredulidad, intentó atajos propios y casi se dio por vencida de esperar. El texto no oculta sus fallas, y por eso la fe de Sara en Hebreos 11:11 pesa más: ella no era perfecta, solo confió en el Dios que prometió.