Es difícil imaginar el valor de dejar todo lo conocido, ciudad, parientes, seguridad, para seguir una promesa que todavía no tiene dirección. Eso fue lo que Dios le pidió a un hombre llamado Abram, habitante de Ur de los Caldeos, región que hoy corresponde a Irak.
Dios lo llamó desde Harán: salir de su tierra e ir a un lugar que solo después le sería mostrado. Junto con la orden venía una promesa gigantesca, de él nacería una gran nación, y por medio de él todas las familias de la tierra serían bendecidas (Génesis 12:1-3).
La fe de Abram no estaba exenta de fallas. En Egipto, por miedo, dijo que Sara era su hermana, y ella casi se convirtió en esposa del faraón (Génesis 12:10-20). Años después, repitió el mismo error ante el rey Abimelec (Génesis 20:1-2).
Cuando el hijo prometido se demoraba, Abram y Sara intentaron resolverlo por cuenta propia: él tuvo un hijo, Ismael, con la sierva egipcia Agar (Génesis 16). Solo a los cien años, mucho después de cualquier posibilidad humana, nació Isaac, exactamente como Dios había dicho (Génesis 21:1-5).
El punto culminante de esa fe llegó en el monte Moria, cuando Dios le pidió que ofreciera a su propio hijo Isaac en sacrificio. Abraham obedeció hasta el último instante, y Dios proveyó un cordero en lugar del hijo, mostrando que confiaba más en la fidelidad divina de lo que comprendía la orden (Génesis 22:1-14).
La Biblia resume esta vida en una sola frase: Abram creyó al Señor, y esto le fue contado como justicia (Génesis 15:6). Pablo usaría exactamente ese pasaje para mostrar que la salvación siempre fue por la fe, no por mérito (Gálatas 3:6-9); Santiago usaría la misma vida para mostrar que la fe verdadera se prueba en obras (Santiago 2:21-23).
Abraham murió a los ciento setenta y cinco años, sin ver a todas las naciones bendecidas por medio de él, pero confiando en que la promesa se cumpliría (Génesis 25:7-8). Judíos, cristianos y musulmanes todavía lo reconocen como patriarca.
La vida de Abraham le pregunta al lector si está dispuesto a confiar en Dios antes de ver todo el camino. La fe bíblica nunca fue ausencia de duda, sino la decisión de seguir caminando con Dios aun sin todas las respuestas.