Enseñar chino a un extranjero era delito capital en la China de comienzos del siglo XIX, pero fue precisamente esa lengua prohibida la que un joven inglés decidió estudiar en Londres, con la ayuda de un tutor cantonés, años antes de pisar suelo chino. Robert Morrison creía que valía la pena arriesgarlo todo por un pueblo que todavía no tenía la Biblia en su propio idioma.
Nacido en 1782, en Bullers Green, en el norte de Inglaterra, era hijo de un labrador escocés que más tarde se convirtió en fabricante de calzado, y creció en un hogar piadoso. En la adolescencia, llegó a alejarse de la fe y a involucrarse con la bebida en exceso, etapa que él mismo lamentó más tarde. Se convirtió alrededor de los 16 años y, al oír sobre la falta de misioneros protestantes en Asia, sintió el llamado para ir a China, entonces prácticamente cerrada al evangelio.
En 1807, enviado por la London Missionary Society, embarcó rumbo a Macao, convirtiéndose en el primer misionero protestante en llegar a China. La hostilidad de autoridades católicas locales, que llegaron a quemar ejemplares de su traducción del Evangelio de Lucas, y la prohibición china de enseñar el idioma a extranjeros lo obligaron a seguir aprendiendo y traduciendo casi en secreto.
Para permanecer legalmente en el país, aceptó el cargo de traductor de la Compañía Británica de las Indias Orientales, entidad que también lucraba con el comercio de opio, práctica que él mismo condenaba como un mal moral. Esa tensión entre el sustento y la convicción lo acompañó durante toda su vida en China.
Concluyó la traducción del Nuevo Testamento al chino en 1813 y, con su colega William Milne, terminó la traducción de la Biblia completa en 1819. Produjo además la primera gramática y el primer gran diccionario de la lengua china para occidentales, obra de referencia durante generaciones. Su traducción de la Biblia, sin embargo, tenía un estilo formal y no siempre natural para el lector chino común, y acabó revisada y superada por versiones posteriores, décadas después.
En 1814, después de siete años de trabajo sin ningún fruto visible, bautizó a Cai Gao, su primer converso chino. Al final de 27 años de misión, había bautizado apenas a unas diez personas, número que hoy recuerda que la fidelidad no siempre va de la mano con resultados rápidos.
En 1818, fundó junto con Milne el Anglo-Chinese College, en Malaca, para formar traductores y obreros que unieran a China con el resto del mundo cristiano. Murió en Cantón en 1834, a los 52 años, agotado por el trabajo y por una fiebre, sin ver a la iglesia china florecer como florecería después.
Su diccionario y su Biblia abrieron camino para los misioneros que vinieron después, entre ellos Hudson Taylor. Hoy la iglesia china es una de las más grandes del mundo, fruto de semillas plantadas por quien, como Morrison, confió más en Dios que en resultados inmediatos.