Es común crecer al lado de alguien y ser el último en darse cuenta de quién es realmente esa persona. La convivencia diaria, la misma mesa, la misma rutina, puede cegar más que cualquier distancia.
Santiago creció así, compartiendo la casa en Nazaret con María, José y sus hermanos José, Simón y Judas (Mateo 13:55). Uno de los hermanos de aquella casa, sin embargo, era diferente de todos los demás.
Durante el ministerio público de Jesús, Santiago no creía que él fuera el Mesías. El evangelio es directo al afirmar que ni siquiera sus hermanos creían en él (Juan 7:5), un detalle que la iglesia preservó aun siendo incómodo.
Todo cambió después de la cruz. Pablo registra que el Cristo resucitado se apareció personalmente a Santiago (1 Corintios 15:7), un encuentro que la Biblia no describe en detalle, pero cuyo efecto es visible en el resto de la historia.
Pocos años después, Santiago ya era reconocido como líder de la iglesia en Jerusalén. Cuando Pedro escapa de la prisión, manda avisar a Santiago (Hechos 12:17); Pablo, al visitar la ciudad, encuentra a Santiago como hermano del Señor (Gálatas 1:19).
En el Concilio de Jerusalén, Santiago escuchó las dos posturas de la mayor disputa de la iglesia primitiva y propuso el camino que unió a judíos y gentiles en una sola fe, sin imponer la ley mosaica a los que venían de otras naciones (Hechos 15:13-21).
Años más tarde, escribió una carta práctica sobre una fe que se muestra en obras. Curiosamente, no se presenta como hermano de Jesús, sino solo como siervo de Dios y del Señor Jesucristo (Santiago 1:1).
La historia de Santiago dice algo sobre la fe de quienes están cerca de nosotros hoy: la cercanía no garantiza el reconocimiento, y el escepticismo no es una sentencia definitiva. El mismo Cristo que convenció a un hermano incrédulo puede transformar a quien todavía duda a nuestro lado.