Quien ya intentó reconstruir algo que estaba caído, un matrimonio, una reputación, un proyecto abandonado, conoce la voz que se ríe incluso antes de que se coloque el primer ladrillo. En la Biblia, esa voz tiene nombre: Sambalat.
Él era el gobernador persa de Samaria cuando los judíos volvieron del exilio para reconstruir los muros de Jerusalén, alrededor del año 445 a. C. Una Jerusalén fortificada amenazaba el equilibrio de poder que él y sus aliados controlaban desde hacía generaciones.
Al enterarse de la obra, se enfureció y se burló de los judíos delante del ejército de Samaria: “¿Qué están haciendo esos débiles judíos? ¿Acaso lograrán resucitar piedras de construcción de esos montones de escombros?” (Nehemías 4:2). Su aliado Tobías completó la burla, diciendo que hasta una zorra derribaría el muro ella sola (Nehemías 4:3).
Cuando la risa no detuvo a nadie, Sambalat unió fuerzas con Tobías, con árabes y con hombres de Asdod para atacar Jerusalén por sorpresa (Nehemías 4:7-8). Nehemías respondió orando y armando al pueblo, que pasó a construir con la herramienta en una mano y la espada en la otra.
Derrotado por la fuerza, Sambalat intentó la manipulación: invitó a Nehemías cuatro veces a una reunión en la llanura de Ono, y cuatro veces recibió la misma negativa: “Estoy realizando una gran obra y no puedo bajar” (Nehemías 6:3). En el quinto intento envió una carta abierta acusando a Nehemías de planear una revuelta para hacerse rey (Nehemías 6:6-7) e incluso sobornó a un falso profeta para atemorizarlo.
Nada de eso detuvo la obra. El muro quedó terminado en cincuenta y dos días, y hasta los enemigos reconocieron que aquello se había hecho con la ayuda de Dios (Nehemías 6:16). Años después, Sambalat aún intentaba infiltrarse por dentro, casando a su hija con el nieto del sumo sacerdote, hasta que Nehemías lo expulsó (Nehemías 13:28).
La historia de Sambalat recuerda que no toda oposición a una obra de Dios llega con espadas: a veces llega con sonrisas, invitaciones y cartas bien escritas. Quien construye algo que importa suele oír risas antes de oír aplausos.
Nehemías no respondió a la burla discutiendo, ni a la amenaza huyendo, ni a la invitación asistiendo: simplemente siguió construyendo. Esa es la respuesta que todavía sirve a quien lleva hoy un llamado que otros insisten en ridiculizar.