Casi todos hemos sentido la presión de ser el único en discrepar. Todo un grupo aplaude algo equivocado, y quedarse de pie, solo, parece más peligroso que sentarse y estar de acuerdo. La historia de Sadrac nace exactamente de ese momento, multiplicado por una amenaza de muerte.
Su nombre de nacimiento era Ananías. Siendo aún joven, fue llevado al exilio de Judá a Babilonia, cuando Nabucodonosor invadió Judá y sitió Jerusalén. Junto con Daniel, Mesac y Abednego, fue elegido para servir en la corte del imperio y recibió un nuevo nombre pagano: Sadrac (Daniel 1:6-7).
Aun lejos de casa, él y sus tres amigos se negaron a contaminarse con la comida de la mesa real, y Dios los bendijo con sabiduría superior a la de todos los consejeros babilonios (Daniel 1:8-20). Con el tiempo, Sadrac fue ascendido a administrador de toda una provincia (Daniel 2:49).
La verdadera prueba llegó cuando el rey levantó una estatua de oro y ordenó que todos se postraran ante ella al son de la música. Sadrac, Mesac y Abednego permanecieron de pie, solos en medio de toda la multitud (Daniel 3:1-12).
Acusados y llevados ante un Nabucodonosor furioso, respondieron sin vacilar: su Dios era capaz de librarlos del horno, pero, aunque no lo hiciera, no adorarían a otro dios (Daniel 3:16-18). Fueron arrojados al fuego encendido siete veces más de lo normal.
Nabucodonosor vio a cuatro hombres caminando ilesos en medio de las llamas. Cuando Sadrac salió, ni siquiera había olor a humo en su ropa (Daniel 3:24-27). El propio rey pagano terminó glorificando al Dios que los había salvado.
La fe de Sadrac no dependía de un final garantizado. Obedeció a Dios sabiendo que tal vez moriría por ello. Es ese tipo de confianza, dispuesta a arder si fuera necesario, la que sigue llamando a cualquier lector a decidir hoy ante qué se va a postrar.