Imagine un hombre desterrado de su propia comunidad religiosa, en pleno invierno, por defender algo que hoy parece obvio: que nadie debería ser obligado a creer. Eso fue lo que le sucedió a Roger Williams, teólogo inglés que pagó un alto precio por insistir en la libertad de conciencia.
Nacido hacia 1603 en Londres, Williams fue protegido por el jurista Sir Edward Coke, quien costeó sus estudios, primero en la Charterhouse School y luego en Cambridge. Ordenado dentro del puritanismo, emigró a Massachusetts en 1631, en busca de una fe más pura que la de la Iglesia de Inglaterra.
Sin embargo, en Massachusetts, Williams pronto discrepó de las autoridades: sostenía que los magistrados no tenían ninguna autoridad sobre la conciencia religiosa y que las tierras indígenas debían comprarse, no simplemente arrebatarse a sus dueños originales. En 1635, la colonia lo condenó al destierro por estas ideas.
Al invierno siguiente, encontró refugio entre los pueblos indígenas de la región, que lo ayudaron a sobrevivir al frío y al hambre. En 1636, fundó Providence sobre tierra negociada pacíficamente con los narragansett, creando una colonia sin iglesia oficial y abierta a diferentes credos.
En 1644, publicó The Bloudy Tenent of Persecution, defendiendo que la fe impuesta por la fuerza no tiene ningún valor delante de Dios. En ese período, escribió que cuando se abre una brecha en el muro de separación entre el jardín de la iglesia y el desierto del mundo, Dios termina por derribar el muro mismo, imagen que resonaría siglos después en la fundación de los Estados Unidos.
Su relación con los pueblos nativos, sin embargo, no estuvo exenta de una contradicción grave: tras la violenta Guerra del Rey Felipe, en agosto de 1676, presidió la comisión de Providence que recomendó vender como esclavos a los prisioneros indígenas capturados, e incluso recibió parte de las ganancias de esa venta, decisión que contradice el principio de libertad que él mismo había defendido toda su vida.
Aun así, su legado mayor permaneció: la convicción de que nadie debe ser coaccionado a creer, y de que la fe genuina nace de la persuasión, no de la fuerza. Williams murió en Providence hacia 1683, en la colonia que él mismo había fundado como refugio de conciencia.
Hoy, su defensa de la libertad religiosa sostiene el espacio en que el evangelio puede anunciarse libremente, sin coerción del Estado, en sociedades plurales alrededor del mundo, un principio que las misiones cristianas siguen ejerciendo en contextos de persecución y pluralismo.