Todo cambio forzado por una decisión que no le tocó elegir al migrante, una ley, un decreto, una crisis, carga la misma angustia: recomenzar en otro lugar, sin fecha señalada. Priscila vivió esa angustia incluso antes de conocer al apóstol Pablo.
Ella y su esposo Aquila, judíos naturales del Ponto, fueron expulsados de Roma cuando el emperador Claudio ordenó la salida de todos los judíos de la ciudad. Rehicieron su vida en Corinto, trabajando como fabricantes de tiendas.
Fue allí donde Pablo, recién llegado a Corinto, los encontró. Tenían el mismo oficio, y el apóstol pasó a vivir y trabajar con la pareja, uniendo el pan de cada día a la predicación del evangelio.
Cuando Pablo continuó su viaje hacia Siria, Priscila y Aquila fueron con él y permanecieron en Éfeso. Allí escucharon en la sinagoga a un predicador talentoso llamado Apolos, culto y fervoroso, pero que solo conocía el bautismo de Juan.
En vez de corregirlo delante de todos, lo invitaron a su casa y le explicaron, en privado, el camino de Dios con mayor precisión. Apolos salió de allí más completo, sin haber sido nunca expuesto en público.
La pareja también abrió su propia casa para que una iglesia se reuniera, primero en Éfeso, después de vuelta en Roma. Pablo llegó a escribir que arriesgaron la vida por él, y que por eso todas las iglesias de los gentiles les debían gratitud.
Décadas después, ya cerca del final, Pablo todavía recordaba a la pareja en sus últimos saludos. En la mayoría de las veces, el nombre de Priscila aparece antes que el de Aquila, detalle que sugiere cuánto pesó su trabajo en la historia.
Priscila nunca predicó ante multitudes ni escribió una carta que llegara a la Biblia. Sirvió en un taller, en una sala de su casa, en una conversación reservada. Y es exactamente ahí, en el oficio común y en la hospitalidad sencilla, donde Dios construyó iglesias enteras.