Imagina escuchar la Biblia, por primera vez, en tu propia lengua, y no en el latín que solo los sacerdotes entendían. Eso fue lo que Jan Hus ofreció al pueblo de Praga: un Dios que habla el idioma de la gente común. Esa simple decisión cambiaría su vida, y la historia de la iglesia, para siempre.
Nacido hacia 1369 en Husinec, Bohemia, Hus provenía de una familia campesina y llegó a la Universidad de Praga, donde se convirtió en maestro en 1396. Ordenado sacerdote, asumió en 1402 el púlpito de la Capilla de Belén, creada precisamente para predicar en checo.
Influido por los escritos del inglés John Wycliffe, Hus tradujo al checo la obra Trialogus y pasó a defender que la Escritura, y no el papa ni los concilios, era la autoridad final de la Iglesia.
En 1409, se convirtió en rector de la Universidad de Praga, tras el Decreto de Kutná Hora, que otorgó a los bohemios la mayoría de los votos académicos. La medida provocó la salida de gran parte de los maestros alemanes, aislando a la universidad durante décadas, un recordatorio de que incluso las reformas justas tienen costos reales.
En 1412, Hus protestó públicamente contra la venta de indulgencias papales para financiar una cruzada. La reacción fue dura: tres jóvenes, Martín, Jan y Stašek, que repitieron su protesta en las calles fueron ejecutados, y Hus, bajo excomunión, dejó Praga para vivir en el interior de Bohemia.
En el exilio, en el castillo de Kozí Hrádek, escribió De Ecclesia (1413), su obra más importante, en la que define la Iglesia como la comunidad de aquellos a quienes Cristo, y no el papa, gobierna directamente. El texto sería la principal base de las acusaciones de herejía levantadas contra él.
Vale notar, para no simplificar demasiado su historia, que Hus no llegó a enseñar la justificación solo por la fe, el pilar doctrinal que Lutero desarrollaría más tarde. El propio Lutero observó que Hus había atacado sobre todo la vida y los abusos del clero, no la doctrina de la Iglesia en su conjunto, una diferencia que los historiadores señalan para no equipararlo, sin más, a los reformadores del siglo XVI.
En 1414, aceptó la invitación del emperador Segismundo para explicarse ante el Concilio de Constanza, bajo promesa de salvoconducto. Pocas semanas después de llegar, fue arrestado, en noviembre de ese año, y pasó meses en cárceles duras, enfermo y mal alimentado, a la espera de juicio.
En junio de 1415, fue condenado por herejía e invitado a retractarse. Hus respondió que solo abandonaría sus posiciones si le mostraban, por la Escritura, que estaba equivocado, algo que el concilio no hizo. El 6 de julio, murió quemado, cantando salmos hasta el final, según el relato de Petr de Mladoňovice, testigo ocular. Su muerte por la verdad enseña que la fidelidad a Dios, a veces, cuesta todo, y aun así vale la pena.