Imagine cambiar una vida estable y reconocida por una existencia de fugitivo, perseguido por autoridades civiles y religiosas, solo porque la Biblia lo convenció de otra cosa. Eso fue lo que le sucedió a Menno Simons, sacerdote católico que se convirtió en el principal organizador del anabautismo pacífico en la Europa del siglo XVI.
Nacido en 1496 en la aldea de Witmarsum, en Frisia, región hoy parte de los Países Bajos, Menno creció en una familia campesina y fue ordenado sacerdote en 1524. Sirvió en dos parroquias, pero durante años ocultó dudas sobre la transubstanciación y el bautismo de los recién nacidos.
En 1535, su hermano Pieter murió entre anabautistas radicales que ocuparon un monasterio cerca de Bolsward, episodio ligado a la revuelta violenta de Münster. La tragedia sacudió profundamente a Menno y lo llevó a examinar, en oración, todo lo que había profesado hasta entonces.
En enero de 1536, renunció al sacerdocio y al catolicismo romano, uniéndose a los anabautistas perseguidos. Recibió el bautismo de creyentes y fue ordenado por Obbe Philips como predicador itinerante, asumiendo el liderazgo de las comunidades esparcidas por los Países Bajos y el norte de Alemania.
Ante el recuerdo reciente de Münster, Menno escribió contra el uso de las armas y defendió, en el Fundamento de la Doctrina Cristiana, de 1539, un cristianismo de bautismo consciente, la cena como memorial y el rechazo total a la violencia como camino de fe.
Su liderazgo tuvo un lado difícil: al aplicar con rigor la expulsión de miembros desviados, llegó a exigir que familias y cónyuges se apartaran de parientes excomulgados, lo que dividió comunidades y provocó críticas incluso entre aliados anabautistas.
Perseguido, con una recompensa ofrecida por el emperador Carlos V por su captura, vivió sus últimos años bajo la protección de un noble luterano en Wüstenfelde, en el norte de Alemania, donde instaló una pequeña imprenta y murió en 1561, sin haber sido capturado jamás.
Sus seguidores fueron conocidos como menonitas, nombre que atravesó casi cinco siglos. La convicción de que la fe verdadera nunca permanece pasiva, sino que se traduce en amor concreto y rechazo a la violencia, sigue inspirando iglesias y misiones alrededor del mundo.