Toda madre, un día, recibe la noticia de que la vida de su hijo será más grande de lo que ella puede planear. María recibió esa noticia siendo aún adolescente, prometida de José, en una pequeña aldea de Galilea, cuando un ángel le anunció algo imposible de entender y aún más imposible de explicar a los demás.
El ángel Gabriel le dijo que ella concebiría al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, sin que José la hubiera tocado (Lucas 1:26-35). María no exigió pruebas: “Yo soy la sierva del Señor; que él haga conmigo como me has dicho” (Lucas 1:38). En casa de su parienta Isabel, entonó una alabanza que reconocía a Dios como aquel que exalta a los humildes y derriba a los poderosos (Lucas 1:46-55).
Dio a luz en Belén, lejos de casa, y depositó al niño en un pesebre (Lucas 2:7). En el templo, el anciano Simeón profetizó que una espada atravesaría su propia alma (Lucas 2:34-35). Poco después, huyó con José y el bebé a Egipto, escapando de la matanza ordenada por Herodes (Mateo 2:13-15).
Años más tarde, perdió de vista a Jesús en Jerusalén y lo encontró en el templo, discutiendo con los maestros de la ley, sin entender de inmediato su respuesta (Lucas 2:46-49). En Caná, en la fiesta de bodas donde Jesús reveló su gloria mediante el primer milagro, fue ella quien percibió la necesidad y acudió a él, aunque la respuesta inicial sonara como una negativa (Juan 2:1-4).
También intentó, junto con los otros hijos, interrumpir el ministerio de Jesús por preocupación, y lo oyó redefinir lo que es la familia (Marcos 3:31-35). Al final, estuvo al pie de la cruz, viendo morir a su hijo, cuando él mismo, sufriendo, cuidó de ella: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Juan 19:26-27).
María guardaba estas cosas en su corazón, tratando de comprender (Lucas 2:19). Después de la resurrección, reaparece orando con los discípulos, esperando al Espíritu Santo prometido (Hechos 1:14). Su fe no fue ausencia de duda; fue disposición para confiar en un Dios cuyos planes sobrepasaban su comprensión, la misma invitación que llega hoy a quien enfrenta una vida que no eligió.