Pocos predicadores incomodaron tanto la comodidad de la iglesia como Leonard Ravenhill. Nacido en Leeds, Inglaterra, pasó la vida preguntando por qué tantos cristianos oraban tan poco y se conformaban con tan poco de Dios. La pregunta, hecha con lágrimas más que con ira, todavía resuena en quien lee sus libros.
Ravenhill nació el 18 de junio de 1907, en una familia metodista de clase trabajadora. Siendo joven, se convirtió y, más tarde, estudió en Cliff College, bajo la influencia del predicador Samuel Chadwick, quien marcó su celo evangelístico y su amor por la historia de los avivamientos.
Se convirtió en evangelista itinerante en Gran Bretaña, predicando en plazas y calles durante décadas, muchas veces en medio de la oposición. En 1939 se casó con Martha, enfermera irlandesa, con quien tuvo tres hijos. La disciplina espiritual del hogar Ravenhill sostenía las largas ausencias del esposo en viajes de predicación.
En 1950, la familia se mudó a los Estados Unidos, donde Ravenhill continuó predicando sobre la oración y el arrepentimiento en iglesias y campamentos. En 1959 publicó ¿Por qué tarda el avivamiento?, con prólogo de A. W. Tozer, obra que vendería más de un millón de ejemplares.
Su predicación comparaba a la iglesia contemporánea, satisfecha y ocupada, con la iglesia del libro de Hechos, marcada por la oración y el poder. Para algunos, ese estándar era liberador; para otros, excesivamente exigente. Críticos observaron que su tono podía sonar legalista, exigiendo de cristianos comunes un fervor difícil de sostener en medio del trabajo y la familia, e incluso en su propio hogar la disciplina rígida de la rutina espiritual era vista por algunos como demasiado severa.
En la década de 1970, se convirtió en mentor del joven cantante y evangelista Keith Green, que buscaba en él la misma seriedad espiritual que predicaba. La amistad entre ambos, de generaciones y temperamentos distintos, se unía por la misma hambre de avivamiento genuino.
Ravenhill murió el 27 de noviembre de 1994, en Garden Valley, Texas, y fue sepultado cerca de la tumba de Keith Green. Sus libros siguen siendo leídos por quienes buscan reavivar la vida de oración, un llamado que él repitió hasta el final: sin oración, no hay avivamiento.