Pocos escritores convencieron a tantos lectores de que Dios se parece más a un padre bueno que a un juez distante. George MacDonald fue uno de ellos, y su propia vida de pruebas dio peso a cada palabra que escribió sobre el tema.
Nació el 10 de diciembre de 1824 en Huntly, Escocia, hijo de una familia presbiteriana de agricultores. Se graduó en química y física por la Universidad de Aberdeen en 1845 y se mudó a Londres, donde estudió teología en el Highbury College para convertirse en pastor congregacional.
En 1850 asumió el pastorado de la iglesia congregacional de Arundel, pero sus sermones sobre el amor universal de Dios y la posibilidad de arrepentimiento más allá de la muerte incomodaron a los diáconos. Acusado de herejía y con el salario reducido a la mitad, renunció al cargo en 1853.
A partir de entonces vivió de la escritura, las clases y las conferencias, sosteniendo con dificultad a los once hijos que tuvo con Louisa Powell. La tuberculosis, enfermedad que también lo afligió a lo largo de su vida, se llevó a cuatro de los hijos del matrimonio, marcando a la familia con años de duelo y pobreza.
Aun así, produjo una obra vasta: novelas de fantasía para adultos como Phantastes y Lilith, cuentos infantiles como La princesa y el duende, y tres series de Sermones no pronunciados, en las que expuso su convicción central, la de que Dios es, ante todo, Padre.
Fue también mentor literario de Lewis Carroll: leyó el manuscrito de Alicia en el país de las maravillas a sus propios hijos y, al ver el entusiasmo de ellos, animó a su amigo a publicarlo.
Décadas después, el joven C.S. Lewis leyó Phantastes y describió el efecto como el bautismo de su imaginación, un paso decisivo hacia la fe cristiana que abrazaría años más tarde. En 1877 recibió una pensión de la Corona británica en reconocimiento a su obra literaria.
Murió el 18 de septiembre de 1905 en Ashtead, Inglaterra. Su insistencia en que la paternidad es el rasgo más profundo del carácter de Dios sigue moldeando a autores, pastores y lectores que buscan una fe menos temerosa y más confiada en el Padre celestial.