Toda persona que alguna vez ha sentido un llamado mayor que su propio valor entiende el comienzo de la historia de Mabel Francis. A los diecinueve años, todavía en Nueva Inglaterra, tuvo la certeza de que Dios la enviaría a Japón, un país que apenas conocía, y dedicó toda su vida a honrar ese llamado.
En el cambio del siglo veinte, las mujeres solteras rara vez eran aceptadas para el campo misionero. Mabel insistió, escribió al fundador de la Alianza Cristiana y Misionera y, en 1909, a los veintinueve años, embarcó sola hacia Japón, donde permanecería por décadas.
En 1913 su hermano Tom se unió a ella, y en 1924 su hermana Anne, ya viuda, también se fue a vivir a Japón. Juntos, los tres hermanos ayudaron a plantar más de veinte iglesias evangélicas en ciudades japonesas.
A lo largo de las décadas siguientes, Mabel atravesó junto al pueblo japonés los años difíciles de la Gran Depresión, además de terremotos, inundaciones y epidemias. En 1939, con la tensión que precedía a la guerra, la agencia misionera retiró a sus obreros de Japón y su hermano Tom regresó a los Estados Unidos, pero Mabel y Anne decidieron quedarse.
En 1941, ya en curso la Segunda Guerra Mundial, Mabel transformó su propia casa en una clínica improvisada para atender a japoneses enfermos. Sospechosas de espionaje por ser extranjeras, las hermanas fueron puestas bajo arresto domiciliario y luego internadas en un campo cerca de Tokio, donde permanecieron durante tres años, rechazando la oferta de repatriación segura a los Estados Unidos.
Terminada la guerra, Mabel estuvo en Hiroshima, arrasada por la bomba atómica, y vivió en una de las pocas casas que quedaron en pie en la ciudad. Allí organizó una iglesia y una escuela bíblica, viendo a sobrevivientes convertirse en medio de la devastación.
En los cuatro años siguientes, junto a su hermana Anne, Mabel plantó seis nuevas iglesias y abrió una escuela bíblica, escuelas primarias, orfanatos y clínicas médicas, en un Japón marcado por la derrota y la reconstrucción. El testimonio de haberse quedado en el país pudiendo partir abrió puertas de confianza que la predicación por sí sola no habría abierto.
En 1962, ya con más de cincuenta años en Japón, Mabel recibió del emperador la Orden del Tesoro Sagrado, quinta clase, uno de los mayores honores concedidos a un extranjero, además de la ciudadanía honoraria. Regresó a los Estados Unidos en 1965, a los ochenta y cinco años, después de cincuenta y siete años de servicio continuo.
Su autobiografía, One Shall Chase a Thousand, publicada en 1968, sigue leyéndose como testimonio de perseverancia para quienes enfrentan llamados que parecen demasiado grandes. Mabel Francis murió en 1975, a los noventa y cinco años, dejando un legado de iglesias, escuelas y vidas tocadas a lo largo de casi un siglo.