Todos conocemos a alguien que empezó bien y no terminó bien: un talento prometedor, una fe encendida en los primeros años, que se marchitaron con el tiempo. La vida del rey Joás de Judá es la versión bíblica de esa historia dolorosamente común: un comienzo espectacular seguido de un final trágico.
Joás era apenas un bebé cuando su abuela Atalía, tomando el trono a la fuerza, mandó matar a toda la descendencia real (2 Reyes 11:1). Su tía Josaba lo escondió, y durante seis años creció dentro del templo, criado por el sacerdote Joyadá, mientras Atalía reinaba sin saber que el heredero legítimo respiraba bajo el mismo techo (2 Reyes 11:2-3).
En el séptimo año, Joyadá organizó un golpe cuidadoso. Sacó al niño de siete años, lo coronó, y el pueblo aplaudía gritando: ¡Viva el rey! (2 Reyes 11:12,21). Atalía fue ejecutada, y Judá tuvo, de repente, un rey niño guiado por un sacerdote fiel.
Mientras Joyadá vivió, Joás hizo lo que era justo a los ojos del Señor (2 Reyes 12:2). Restauró el templo, deteriorado por los años de idolatría, y organizó la recolección de recursos con un equipo tan honesto que nadie le pedía rendición de cuentas (2 Reyes 12:15).
Pero Joyadá murió, y algo en Joás murió con él. Sin su mentor, el rey escuchó a otros consejeros, abandonó el templo que él mismo había reformado y volvió a adorar ídolos (2 Crónicas 24:17-18).
Cuando Zacarías, el propio hijo de Joyadá, lo confrontó en nombre de Dios, Joás mandó apedrearlo hasta la muerte en el atrio del templo, el mismo lugar de su coronación (2 Crónicas 24:20-22). Poco después, herido en batalla contra los arameos, fue asesinado en su propia cama por sus oficiales (2 Crónicas 24:24-25).
La historia de Joás desafía una idea cómoda: que una buena crianza garantiza, por sí sola, un buen carácter. Tuvo el mejor mentor posible y aun así eligió mal cuando se quedó solo.
Dios no evalúa solo cómo empezamos, sino cómo perseveramos cuando quien nos sostenía ya no está cerca. La fidelidad de una generación no se transmite automáticamente a la siguiente; cada corazón, algún día, responde por sí mismo delante de Dios.