Casi todos hemos sentido alguna vez el peso de llevar solos la vergüenza de todo un grupo, una familia, un equipo, un pueblo, incluso sin haber cometido el error. Esdras conoció ese peso de una manera singular: regresó del exilio para reconstruir no piedras, sino la fidelidad de toda una nación a Dios.
Era sacerdote, descendiente del linaje de Aarón, y escriba dedicado a la Ley de Moisés (Esdras 7:1-6). Vivió en el siglo V a. C., durante el reinado de Artajerjes I de Persia, unos ochenta años después de que el primer grupo de exiliados regresara a Jerusalén.
El texto bíblico resume su carácter en una sola frase: había decidido dedicarse a estudiar la Ley del Señor, practicarla y enseñarla a Israel (Esdras 7:10). Fue ese compromiso, y no un cargo político, lo que lo llevó a pedirle al rey autorización para liderar un segundo grupo de exiliados de regreso a la tierra.
Reunió al pueblo junto al río Ahava, en Babilonia, y allí, en lugar de pedirle al rey una escolta armada, proclamó un ayuno, confiando solo en la protección de Dios para el largo viaje hasta Jerusalén (Esdras 8:21-23).
Al llegar, descubrió que muchos israelitas se habían casado con mujeres de pueblos vecinos, repitiendo el error que ya había llevado a la nación al exilio. Se rasgó las vestiduras, se arrancó el cabello y la barba y se sentó, horrorizado (Esdras 9:3). Después, se arrodilló y confesó el pecado del pueblo como si fuera propio (Esdras 9:5-15), abriendo camino a una reforma dolorosa, en la que familias se separaron de las alianzas prohibidas (Esdras 10).
Años después, junto a Nehemías, subió a una plataforma en la plaza de la puerta de las Aguas y leyó el libro de la Ley al pueblo, desde el amanecer hasta el mediodía, mientras los levitas explicaban el sentido de cada pasaje (Nehemías 8:1-8). El pueblo lloró, y luego celebró: entender la Palabra de Dios, finalmente, traía alegría.
La vida de Esdras recuerda que reconstruir muros es más fácil que reconstruir corazones, y que ambos exigen a alguien dispuesto a conocer profundamente la Palabra antes de enseñarla a los demás. Su historia invita al lector a preguntarse: ¿mi vida ha sido moldeada por la Escritura, o solo informada por ella?