Toda persona ha conocido alguna vez a alguien que parecía siempre vencer, que doblaba las reglas a su favor y nunca pagaba el precio, hasta el día en que llegó la cuenta. La vida de Jezabel es la historia bíblica más completa de ese tipo de poder: usado sin límites, cobrado sin misericordia.
Ella era hija de Et-baal, rey de Sidón, en Fenicia, región que hoy corresponde al Líbano. Al casarse con Acab, rey de Israel, trajo consigo a sus dioses, Baal y Asera, y la ambición de imponerlos sobre el pueblo del SEÑOR (1 Reyes 16:31).
Como reina, no se contentó con adorar en privado. Sostuvo a cientos de profetas de Baal y Asera en la mesa del palacio, y persiguió a los profetas del SEÑOR con tanta violencia que los sobrevivientes tuvieron que esconderse en cuevas (1 Reyes 18:4, 13, 19).
Cuando Elías venció a los profetas de Baal en el monte Carmelo, Jezabel no se arrepintió. Amenazó. Juró matar al profeta en veinticuatro horas, y lo hizo huir al desierto, agotado y solo (1 Reyes 19:1-2).
Su momento más oscuro llegó por causa de una viña. Como Nabot se negó a vendérsela a Acab, ella tramó un juicio falso, y el hombre fue apedreado por un crimen que no cometió (1 Reyes 21:1-16). Fue allí donde Elías anunció el final: los perros comerían su cuerpo junto al muro de Jezreel.
Años después, cuando Jehú marchó sobre Jezreel para tomar el trono, Jezabel se peinó, se maquilló los ojos y miró por la ventana, tratando de imponer respeto hasta el último instante. Fue arrojada de allí, y se cumplió exactamente lo que Elías había dicho (2 Reyes 9:30-37).
La historia de Jezabel incomoda porque expone algo que preferimos no ver: cuánto poder y talento pueden usarse para el mal cuando no hay temor de Dios que contenga la voluntad propia. Ella no cayó por casualidad, fue juzgada por Aquel que veía cada trama detrás de las cortinas del palacio.
Dios no se apresura, pero tampoco olvida. Esa es la advertencia, y al mismo tiempo el consuelo, que la vida de Jezabel deja para quien lee su historia hoy.