Quizás conozcas la espera de una oración que parece no ser respondida jamás, el silencio de Dios ante un pedido repetido durante años. Isabel vivió esa espera durante décadas: casada con un sacerdote fiel, sin hijos, en una cultura que veía la esterilidad como una vergüenza pública.
Ella y Zacarías eran descendientes de Aarón y vivían de manera intachable delante de Dios, pero el silencio continuaba (Lucas 1:6-7). Entonces, un día común en la rutina del templo se volvió extraordinario: un ángel se apareció a Zacarías y anunció que Isabel daría a luz un hijo, el precursor del Mesías (Lucas 1:11-17).
Zacarías dudó y se quedó mudo, pero la promesa se cumplió de todas formas. Isabel quedó embarazada en la vejez y se recluyó durante cinco meses, guardando en silencio la bondad que Dios había hecho por ella después de tanta humillación (Lucas 1:24-25).
Cuando su joven pariente María la visitó, algo sobrenatural sucedió antes de que se dijera cualquier palabra: la criatura saltó en el vientre de Isabel, y ella quedó llena del Espíritu Santo. Sin que nadie le contara, ella supo a quién María estaba esperando y la llamó bendita, madre de su Señor (Lucas 1:41-43).
No hubo celos ni competencia entre los dos embarazos poco comunes. Isabel se alegró con la bendición de María como si fuera propia, y después tuvo el valor de insistir en que su hijo se llamara Juan, incluso en contra de la presión de los parientes que querían honrar al padre (Lucas 1:59-61).
La vida de Isabel muestra que Dios frecuentemente prepara sus grandes movimientos en silencio, dentro de casas comunes, por medio de personas que esperaron fielmente sin ninguna señal. Antes de que cualquier profeta anunciara al Mesías en una plaza pública, fue una mujer anciana, en una sala de visitas, quien primero lo reconoció y lo adoró.
Si estás esperando algo que Dios prometió y que todavía no se ha cumplido, la historia de Isabel dice que la espera no es abandono. A veces es justamente allí, en el momento más improbable, donde Dios está a punto de actuar.