Hay un momento en que decir la verdad cuesta caro: cuando llega a alguien con poder sobre nosotros y esa persona no quiere escucharla. Muchos conocen el precio de advertir a un amigo, un jefe o un líder sobre un error y recibir a cambio, no gratitud, sino irritación. Fue exactamente eso lo que le sucedió al vidente Jananí.
Jananí sirvió como profeta de Dios durante el reinado de Asá, rey de Judá. Años antes, Asá había vencido a un ejército mucho más numeroso, el de los cusitas y los libios, confiando totalmente en el Señor. Aquella victoria había mostrado lo que la fe plena podía lograr.
Pero, en otro momento de amenaza, cuando el rey de Israel presionaba las fronteras de Judá, Asá no repitió aquella confianza. En vez de buscar al Señor, buscó la ayuda del rey de Siria. El rey que una vez había confiado en Dios ahora confiaba en una alianza extranjera.
Fue entonces cuando Jananí fue al encuentro de Asá. Le recordó al rey la victoria pasada contra los cusitas y los libios, cuando confiar en el Señor había bastado, y anunció la sentencia de Dios sobre la nueva alianza: “los ojos del Señor recorren toda la tierra, para fortalecer a los que tienen el corazón totalmente comprometido con él” (2 Crónicas 16:9). Por haber actuado de esa manera, Asá enfrentaría guerras de ahí en adelante.
La reacción de Asá no fue de arrepentimiento, sino de furia. Mandó encarcelar a Jananí y, en la misma ola de ira, oprimió a parte de su propio pueblo (2 Crónicas 16:10). El rey que antes se había humillado ante Dios ahora silenciaba a quien hablaba en su nombre.
Años después, el hijo de Jananí, el profeta Jehú, continuaría ese mismo oficio peligroso: anunciaría juicio al rey Basá, de Israel (1 Reyes 16:1,7), y, más tarde, confrontaría al rey Josafat por su alianza con un rey impío (2 Crónicas 19:2). La fidelidad de Jananí atravesó una generación.
La historia de Jananí no trata de un profeta perfecto: trata de la palabra de Dios resistiendo la ira de un rey. Le pregunta al lector de hoy qué hacemos cuando alguien señala que hemos cambiado la confianza en Dios por soluciones más rápidas y visibles. Dios sigue atento, buscando corazones enteramente dedicados a él, incluso cuando eso le cuesta caro a quien advierte.