Quien ha cuidado de alguien enfermo sabe lo fácil que es olvidarse de sí mismo en ese proceso. El cuerpo se cansa, la salud vacila, y aun así la preocupación principal sigue siendo el otro. Eso fue lo que le pasó a Epafrodito: fue a cuidar a un hombre preso y casi murió haciéndolo.
Epafrodito era miembro de la iglesia de Filipos, en Macedonia, región que hoy corresponde a Grecia. Cuando los filipenses supieron que Pablo estaba preso, probablemente en Roma, decidieron enviar una ofrenda para suplir sus necesidades. Escogieron a Epafrodito para llevar ese regalo y quedarse al lado del apóstol (Filipenses 4:18; 2:25).
El viaje ya era un sacrificio: más de mil kilómetros entre Filipos y Roma. Pero el costo mayor vino después. Sirviendo a Pablo en la prisión, Epafrodito enfermó gravemente, llegando cerca de la muerte (Filipenses 2:27,30). Pablo dice que arriesgó su vida para suplir la ayuda que los filipenses no podían darle personalmente.
Lo que más conmueve en el relato es lo que Epafrodito sentía mientras estaba enfermo: los añoraba a todos y estaba angustiado porque la iglesia en Filipos se había enterado de su enfermedad (Filipenses 2:26). Aun debilitado, su corazón seguía volcado hacia los demás.
Dios tuvo misericordia de él, y se recuperó (Filipenses 2:27). Pablo entonces tomó una decisión generosa: envió a Epafrodito de vuelta a Filipos, probablemente llevando consigo la misma carta que hoy conocemos como Filipenses, para que la iglesia se alegrara al volver a verlo y su ansiedad por él terminara (Filipenses 2:28,29). Pablo pide que lo reciban con gran alegría y que honren a hombres como él.
Epafrodito aparece en la Biblia en pocos versículos, pero suficientes para revelar un patrón de servicio que pocos aplauden: el del obrero que carga el peso de otros sin buscar reconocimiento. Hoy, toda misión depende de personas así, que atraviesan distancias, se desgastan y enferman para que otros sigan firmes. La historia de Epafrodito recuerda que Dios ve y honra este tipo de servicio, aun cuando cabe en pocas líneas.