¿Alguna vez sentiste que hiciste todo bien, oraste, ayudaste a quien lo necesitaba, buscaste a Dios de la manera que sabías, y aun así algo parecía faltar? Así fue con Cornelio, un centurión romano que temía a Dios incluso antes de conocer el nombre de Jesús.
Cornelio comandaba soldados de la Cohorte Italiana en Cesarea, ciudad portuaria de Judea. Era gentil, extranjero a la fe de Israel, pero oraba con regularidad y sostenía a los pobres de la comunidad judía con sus limosnas. Toda la región lo respetaba por eso.
Un día, mientras oraba, un ángel se apareció a Cornelio. Le dijo que sus oraciones y limosnas habían subido como ofrenda ante Dios, y le ordenó mandar a buscar en Jope a un hombre llamado Simón Pedro. Cornelio obedeció en el mismo instante, enviando a siervos de confianza.
Mientras los mensajeros viajaban, Dios preparaba a Pedro con una visión extraña: una sábana que descendía del cielo, llena de animales que la ley judía consideraba impuros. La orden era clara: no llamar impuro a lo que Dios había purificado. Pedro todavía no entendía el alcance de aquella visión.
Al llegar a la casa de Cornelio, Pedro encontró a parientes y amigos reunidos, esperando el mensaje. Cornelio se postró ante él, como si estuviera ante un dios, pero Pedro lo levantó, diciendo que también era solo un hombre. Allí, el apóstol comprendió el sentido de la visión: Dios no hace acepción de personas.
Mientras Pedro aún predicaba sobre Jesús, el Espíritu Santo descendió sobre todos los presentes. Los gentiles recibieron el mismo don que los judíos habían recibido en Pentecostés, y fueron bautizados ante los ojos asombrados de los que habían venido con Pedro.
La vida de Cornelio recuerda que Dios ve el corazón de quien lo busca sinceramente, incluso antes de que esa persona conozca todo el evangelio. También muestra que ninguna barrera de nación, cultura o pasado religioso puede cerrar la puerta que Cristo abrió para todos.