¿Alguna vez viviste un día en que la esperanza pareció haber muerto de verdad? Así caminaba Cleofas por un camino polvoriento que salía de Jerusalén, en la tarde del primer domingo después de la crucifixión de Jesús, con el corazón pesado, los pasos lentos, sin saber que el motivo de su tristeza estaba a pocos metros de distancia.
Cleofas y otro discípulo, cuyo nombre los Evangelios no registran, volvían a Emaús, una aldea a unos once kilómetros de Jerusalén. Conversaban entre sí sobre los acontecimientos de aquellos días: el arresto, la cruz, el sepulcro vacío, los rumores de ángeles. Un desconocido se acercó y comenzó a caminar con ellos, pero sus ojos estaban incapacitados para reconocerlo.
El desconocido preguntó de qué conversaban. Cleofas, sorprendido, respondió: ¿acaso hay alguien en Jerusalén que no se haya enterado de lo que le sucedió a Jesús de Nazaret? Contó todo con detalles, sin entender que hablaba con el propio Jesús, resucitado, vivo, caminando a su lado.
Jesús entonces reprendió la lentitud de corazón de los dos para creer en las Escrituras y pasó a explicar, desde Moisés hasta los profetas, todo lo que se refería a él mismo. Al llegar a Emaús, Cleofas insistió para que el viajero se quedara y cenara con ellos.
Fue a la mesa, en el momento en que el invitado partió el pan, que los ojos de ellos finalmente se abrieron. Jesús desapareció ante ellos, y Cleofas entendió por qué su corazón ardía mientras escuchaba aquellas Escrituras siendo explicadas en el camino.
Sin perder un instante, Cleofas y su compañero recorrieron de vuelta los once kilómetros hasta Jerusalén, todavía de noche, para contarles a los discípulos lo que habían vivido en el camino y cómo reconocieron al Señor al partir el pan.
¿Cuántas veces Dios camina a nuestro lado justamente en los días en que creemos que ha desaparecido? Cleofas no reconoció a Jesús por su apariencia, sino por el modo en que las Escrituras se abrieron y el corazón ardió dentro de él. Así nace la fe: no de una prueba visible, sino de un encuentro que enciende lo que antes parecía muerto.