Pocas personas conocen el nombre de quien escribió “Roca eterna, abierta por mí”, pero casi todo cristiano ha cantado esas palabras en un momento de fragilidad. Detrás del himno está un clérigo inglés que vivió apenas 37 años y dedicó buena parte de ellos a defender, con una pasión no siempre serena, la idea de que la salvación depende enteramente de la gracia de Dios.
Augustus Montague Toplady nació el 4 de noviembre de 1740 en Farnham, en el sur de Inglaterra. Su padre, oficial de los Marines Reales británicos, murió al año siguiente en la Batalla de Cartagena de Indias, en el Caribe, y su madre tuvo que criarlo sola.
A los 15 años, viviendo ya con su familia en Irlanda, Toplady escuchó la predicación de un laico metodista en un granero en Codymain y vivió lo que después describiría como su llamado a la fe. Se formó en el Trinity College, en Dublín, y pocos años después adoptó la teología calvinista, influido por los sermones del puritano Thomas Manton.
Ordenado clérigo de la Iglesia Anglicana en 1762, se convirtió en coadjutor en Blagdon, en el interior de Inglaterra. Fue allí donde escribió, en 1763, el himno que lo haría conocido para siempre. Años después, ya como vicario de Broadhembury, en Devon, vio el texto completo de Roca eterna publicado en el Gospel Magazine, en 1776.
Toplady también se convirtió en el principal opositor calvinista de John Wesley, líder del metodismo arminiano. El debate sobre predestinación y libre albedrío, librado en panfletos y artículos, se agrió hasta el punto de que Wesley dijera públicamente que no discutía con “deshollinadores”, negándose a responder a las críticas.
La disputa marcó su reputación: biógrafos posteriores reconocen que el tono de ambos lados, incluido el de Toplady, fue más áspero de lo que la caridad cristiana recomendaría. En 1774 publicó su obra más ambiciosa, un extenso estudio histórico sobre las raíces calvinistas de la tradición anglicana.
Pasó los últimos años en Londres, ya debilitado por la tuberculosis, predicando en una capilla calvinista de habla francesa. Murió el 11 de agosto de 1778, relatando a sus amigos una paz que describió como un cielo ya presente en su alma.
No dejó familia ni movimiento organizado, solo un puñado de himnos y tratados teológicos. El legado que perduró no fue la polémica, sino la súplica cantada por generaciones sucesivas, la confesión de que nada más que la cruz basta, y que hoy atraviesa lenguas, denominaciones y siglos.