El río Quebar era un canal de irrigación en la antigua Babilonia, en la región que hoy corresponde a Irak. Desviaba las aguas del Éufrates y pasaba cerca de la ciudad de Nipur, al sur de Babilonia.
Allí vivía una gran comunidad de exiliados judíos, llevados de Judá por Nabucodonosor. Entre ellos estaba el sacerdote Ezequiel, lejos del templo de Jerusalén, tratando de mantener viva la fe de su pueblo en tierra extranjera.
En el año 593 a. C., junto al río Quebar, los cielos se abrieron ante Ezequiel. Vio cuatro seres vivientes, ruedas llenas de ojos y la gloria del Señor sobre un trono, y allí recibió su llamado como profeta.
Después de la visión, Ezequiel permaneció siete días sentado entre los exiliados de Tel Abib, cerca del mismo río, atónito por lo que había visto. El río Quebar se convirtió así en el lugar donde Dios se reveló a un pueblo que parecía haberlo perdido todo.
