La puerta de las Aguas era uno de los accesos de la muralla oriental de Jerusalén, cerca de la fuente de Guijón, la principal fuente de agua de la ciudad en la antigüedad.
El texto de Nehemías sugiere que ese tramo de la muralla, cerca de la puerta, no necesitó batientes nuevos como otros puntos del muro, quizás por estar junto a la torre que allí sobresalía y a la fuente.
Más que la estructura en sí, el lugar quedó marcado por la plaza abierta frente a la puerta. Fue allí que el pueblo de Israel, recién vuelto del exilio babilónico, se reunió como un solo hombre para pedir al escriba Esdras que leyera el libro de la Ley de Moisés.
Esdras leyó en voz alta, desde el amanecer hasta el mediodía, mientras los levitas circulaban explicando el sentido del texto al pueblo. La reacción fue primero de llanto y después de gran alegría, uno de los momentos más marcantes de renovación espiritual del Antiguo Testamento.
En la misma plaza, días después, el pueblo levantó cabañas de ramas para celebrar la Fiesta de los Tabernáculos, obedeciendo lo que habían redescubierto en la Ley. Más tarde, en la dedicación solemne del muro reconstruido, uno de los coros de acción de gracias pasó por allí.
La puerta de las Aguas recuerda que la Palabra de Dios puede ser leída y escuchada en la plaza pública, y que la alegría verdadera nace de conocer y obedecer lo que Dios ha hablado.
