Laodicea estaba en el valle del río Lico, en la región de Frigia, en la actual Turquía, cerca de Colosas y Hierápolis.
Fue fundada alrededor de 261 a 253 a. C. por el rey seléucida Antíoco II, que le dio a la ciudad el nombre de su esposa, la reina Laódice.
Con el tiempo se convirtió en un importante centro bancario, comercial y médico del mundo romano. Era famosa por su lana negra y por un colirio fabricado allí, usado en el tratamiento de los ojos.
Esa prosperidad la dejó tan autosuficiente que, después de un terremoto en el año 60 d. C., la ciudad rechazó la ayuda de Roma y se reconstruyó sola, a sus propias expensas.
El apóstol Pablo nunca estuvo allí personalmente, pero escribió preocupado por la iglesia de la ciudad, que parece haber nacido del trabajo de Epafras.
Décadas después, el Señor Jesús le dirigió una de las siete cartas del Apocalipsis, la más dura de todas: la reprensión a una iglesia tibia, satisfecha con su propia riqueza y ciega ante su pobreza espiritual.
El agua que llegaba a la ciudad por un largo acueducto se enfriaba en el camino y llegaba tibia, a diferencia de las fuentes termales de Hierápolis y de las aguas puras de Colosas. Esa imagen, familiar para todo habitante, da fuerza a la advertencia de Cristo: ni fría, ni caliente.
