Capadocia era una región montañosa en el interior de Asia Menor, lejos del mar, hoy en el centro de Turquía. El relieve estaba marcado por altiplanos y formaciones volcánicas.
En el Nuevo Testamento aparece solo dos veces, siempre en listas de pueblos o provincias, nunca como escenario de un relato. Aun así, esas dos menciones muestran que el evangelio ya había alcanzado ese territorio distante.
En el día de Pentecostés, judíos venidos de Capadocia estaban entre la multitud reunida en Jerusalén. Oyeron a los apóstoles anunciar las maravillas de Dios en su propia lengua, una señal de que la buena noticia alcanzaría a todas las naciones.
Décadas después, el apóstol Pedro escribió a los cristianos dispersos por Capadocia y por otras provincias vecinas. Los llamó peregrinos y elegidos de Dios, y los animó a permanecer firmes en medio del sufrimiento.
Capadocia recuerda que no todo lugar importante en la Biblia es escenario de grandes acontecimientos. A veces, lo que importa es que allí, discretamente, el evangelio ya había echado raíces.
