Caná era una pequeña aldea de la Baja Galilea, situada cerca de Nazaret, la ciudad donde Jesús creció y vivió antes de iniciar su ministerio público.
Fue allí donde él realizó la primera de las señales milagrosas registradas en el evangelio de Juan: transformó agua en vino durante una fiesta de bodas, atendiendo al pedido de su madre, María (Juan 2:1-11).
El evangelio destaca que esa señal reveló la gloria de Jesús y llevó a sus discípulos a creer en él, el comienzo público de su obra.
Poco después, Jesús volvió a Caná. Allí, sin desplazarse hasta Capernaúm, sanó a distancia al hijo de un oficial del rey solo con su palabra (Juan 4:46-54).
El evangelio todavía registra que Natanael, uno de los discípulos de Jesús, era natural de Caná (Juan 21:2).
Caná no era un centro religioso ni político. Era un lugar común, de bodas y vida cotidiana, pero fue allí donde Jesús eligió revelar quién era por primera vez.
Esto muestra algo constante en su ministerio: la gloria de Jesús no dependía de grandes escenarios. Ella aparecía en fiestas sencillas, en familias comunes, en pedidos cotidianos de ayuda.
