Capernaúm era una villa de pescadores en la ribera noroeste del mar de Galilea, en un cruce de rutas comerciales entre Damasco y el litoral mediterráneo. Tenía aduana propia y una pequeña guarnición romana.
Un centurión romano estacionado allí amaba tanto al pueblo judío que financió la construcción de la sinagoga de la ciudad. Fue en esa misma sinagoga donde Jesús enseñó y expulsó espíritus inmundos.
Al dejar Nazaret, Jesús pasó a vivir en Capernaúm e hizo de la ciudad el centro de su ministerio en Galilea. Allí sanó enfermos, enseñó a multitudes y llamó a discípulos para que lo siguieran.
Ningún otro lugar reúne tantos episodios del ministerio de Jesús como Capernaúm: la curación del paralítico bajado por el techo, el llamado del cobrador de impuestos Mateo, el discurso sobre el Pan de Vida. Los evangelios llegan a llamarla su ciudad.
A pesar de tantos milagros, la ciudad no se convirtió, y Jesús le advirtió que su juicio sería más severo que el de Sodoma. Capernaúm muestra que ser testigo de un milagro no es lo mismo que creer.
