Betania era una pequeña aldea en la ladera oriental del monte de los Olivos, a unos quince estadios de Jerusalén, poco menos de tres kilómetros. Se encontraba junto al camino que unía Jerusalén con Jericó.
Allí vivían los hermanos Lázaro, Marta y María, amigos cercanos de Jesús. Era el lugar donde él más se hospedaba cerca de la capital, lejos de la hostilidad de las autoridades religiosas de Jerusalén.
Fue en Betania donde Jesús realizó una de sus mayores señales: llamó a Lázaro, muerto hacía cuatro días, a salir de la tumba. El milagro reveló su poder sobre la muerte y aceleró el plan de los líderes religiosos de matarlo.
Días antes de la crucifixión, María ungió los pies de Jesús con un perfume muy caro, un gesto de devoción que él relacionó con su propia sepultura. En la última semana en Jerusalén, Betania fue donde Jesús pasaba las noches con los discípulos.
Después de resucitado, fue también cerca de Betania donde Jesús bendijo a los discípulos por última vez y ascendió al cielo. El lugar guarda, así, tanto el recuerdo de la amistad de Jesús como el comienzo y el fin de sus últimos días en la tierra.
