Atenas fue la capital cultural y filosófica del mundo griego antiguo, aunque en el siglo primero ya vivía a la sombra de su antigua gloria política. La ciudad albergaba tradiciones ligadas a Platón y Aristóteles, además del Areópago, colina que también funcionaba como consejo y foro de ideas.
Pablo llegó a Atenas durante el segundo viaje misionero, alrededor del año 50 d. C., mientras esperaba la llegada de Silas y Timoteo. Lo que vio lo entristeció profundamente: una ciudad repleta de ídolos y templos paganos.
En vez de callar, Pablo discutía a diario en la sinagoga y en la plaza pública, hasta que fue llevado al Areópago para explicar su enseñanza. Allí pronunció uno de los discursos más notables del Nuevo Testamento, partiendo de un altar dedicado al Dios Desconocido para anunciar al Dios creador.
La respuesta fue dividida. Algunos se burlaron de la resurrección, otros creyeron, entre ellos Dionisio y Dámaris. Atenas muestra que el evangelio puede anunciarse con respeto y osadía incluso ante la más sofisticada resistencia intelectual.
