“Arabia” no es el nombre de una ciudad ni de un único sitio arqueológico, sino de una vasta región desértica al sur y al este de la Tierra Santa.
El nombre probablemente viene de una raíz semítica ligada a desierto o tierra árida, lo cual concuerda con el paisaje de estepas, dunas y oasis habitado por pueblos nómadas y caravanas comerciantes.
En el Antiguo Testamento, reyes árabes pagaban tributo a Salomón y a Josafat, y profetas como Isaías y Jeremías anunciaron juicios contra los pueblos de la región.
En el Nuevo Testamento, árabes estaban entre los pueblos presentes en Jerusalén el día de Pentecostés, escuchando el evangelio en su propia lengua.
El momento más significativo, sin embargo, es personal: justo después de convertirse en el camino a Damasco, Pablo se retiró a Arabia antes de volver a Damasco y, más tarde, iniciar su ministerio apostólico.
Allí, lejos de los apóstoles de Jerusalén, parece haber sido preparado a solas con Dios para la misión que cambiaría el mundo.
