Levítico es el tercer libro de la Biblia y el más detallado sobre la adoración en el Antiguo Testamento. Escrito por Moisés, reúne las leyes que Dios dio a Israel mientras el pueblo aún estaba acampado al pie del monte Sinaí.
El nombre del libro viene de los levitas, la tribu escogida para el servicio sacerdotal. Pero el asunto central no es una tribu: es cómo un pueblo pecador puede acercarse a un Dios perfectamente santo.
Los primeros capítulos explican los sacrificios: holocausto, ofrenda de cereal, ofrenda de comunión, ofrenda por el pecado y ofrenda por la culpa. La mayoría de ellas implicaba sangre y enseñaba que el perdón tiene un precio.
Enseguida, Aarón y sus hijos son consagrados sacerdotes. La alegría de la ceremonia se interrumpe cuando dos de ellos mueren por desobedecer a Dios, un recordatorio solemne de que servir al Señor exige reverencia.
Después vienen las leyes de pureza, que tocaban casi todo: comida, enfermedades, nacimiento, vida sexual. Ellas enseñaban a Israel a ver la santidad no como un asunto de templo, sino de vida entera.
El punto culminante del libro es el Día de la Expiación, cuando el sumo sacerdote entraba una vez al año en el Lugar Santísimo para llevar los pecados de todo el pueblo delante de Dios. Ese día apuntaba a la necesidad de un sacrificio mayor y definitivo.
En los capítulos finales, la llamada Ley de Santidad une adoración y ética: amar al prójimo como a uno mismo, guardar las fiestas del Señor, dejar descansar la tierra y liberar a los esclavizados en el año del jubileo.
Levítico puede parecer distante para el lector de hoy, lleno de rituales que ya no se practican. Pero detrás de cada ley está la misma pregunta que todavía importa: cómo alguien impuro puede vivir cerca de un Dios santo.
La respuesta del libro apunta, capítulo tras capítulo, hacia un sacrificio que finalmente resolvería esa distancia. Vale la pena leer Levítico hasta el final para entender por qué el Nuevo Testamento habla tanto de la sangre, del sumo sacerdote y del velo rasgado.