Judas es una de las cartas más cortas del Nuevo Testamento, pero lleva un tono de urgencia poco común entre los escritos apostólicos.
El autor se presenta solo como Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo. La tradición identifica a este Judas como uno de los hermanos de Jesús, el mismo mencionado en Mateo 13:55.
Él planeaba escribir sobre la salvación que los cristianos comparten. Sin embargo, un peligro concreto cambió el rumbo de la carta.
Falsos maestros se habían infiltrado silenciosamente en la iglesia, convirtiendo la gracia de Dios en licencia para el pecado. Ante esto, Judas exhorta a los lectores a luchar por la fe que les fue confiada de una vez por todas.
Para mostrar la gravedad del problema, recurre a ejemplos del Antiguo Testamento. El pueblo salvado de Egipto después pereció por su incredulidad, y ángeles que abandonaron su lugar de autoridad fueron encerrados en tinieblas.
Sodoma y Gomorra, destruidas por el fuego, y los caminos de Caín, Balaam y Coré completan la lista de advertencias. Cada ejemplo recuerda que conocer a Dios no exime a nadie del juicio.
A pesar del tono de alerta, la carta no termina en amenaza. Judas pide compasión por los que dudan y llama a los cristianos a afirmarse en la oración y en el amor de Dios.
La carta se cierra con una de las doxologías más bellas de toda la Biblia: una alabanza a Dios, el único capaz de guardar a los suyos para que no tropiecen.
Leer Judas es recordar que la fe cristiana necesita ser defendida con firmeza y vivida con humildad. Vale la pena recorrer estas pocas líneas con atención.