El libro de Josué abre un nuevo capítulo en la historia de Israel. Moisés ya ha muerto, y le corresponde a un nuevo líder conducir al pueblo hacia la tierra que Dios había prometido siglos antes a Abraham.
Ya en el primer capítulo, Dios habla a Josué y repite una invitación que se convierte en el lema de todo el libro. Sé fuerte y valiente, dice el Señor, porque estaré contigo dondequiera que vayas.
El relato sigue la travesía del río Jordán en tierra seca, la caída de las murallas de Jericó y las batallas que se suceden por el sur y por el norte de Canaán. Nada de esto ocurre por la fuerza militar de Israel, sino por la presencia de Dios luchando por su pueblo.
El libro no esconde las fallas del camino. El pecado escondido de Acán trae derrota y luto, y el engaño de los gabaonitas expone la fragilidad hasta de los líderes más experimentados.
Aun ante esas caídas, Dios sigue fiel a su plan. Después de las conquistas viene la cuidadosa división de la tierra entre las doce tribus, cada familia recibiendo su herencia.
Al final de su vida, Josué reúne al pueblo en Siquem y propone una elección que atraviesa los siglos. Escojan hoy a quién servir, dice él, y en cuanto a mí y a mi familia, serviremos al Señor.
Josué revela a un Dios que cumple cada palabra que dice, incluso cuando el camino pasa por ríos que atravesar y murallas que derribar. La misma fidelidad que sostuvo a Israel en aquella tierra sostiene hoy a quien confía en él.
Vale la pena leer Josué prestando atención a las pequeñas notas de cumplimiento repartidas por el texto. Ellas recuerdan que ninguna promesa de Dios queda en el camino.