Dios llama a Jeremías siendo aún joven, en un tiempo en que el reino de Judá vive sus últimos años como nación libre. Incluso antes de nacer, ya había sido apartado para esa misión.
El profeta duda, diciendo que no sabe hablar. Dios le responde que estará con él y pondrá sus palabras en su boca, aun frente a la oposición de reyes, sacerdotes y falsos profetas.
Durante más de cuarenta años, Jeremías anuncia que la idolatría y la injusticia de Judá llevarán al pueblo al exilio en Babilonia. Usa imágenes sencillas, como un cinturón podrido y el barro en las manos del alfarero, para mostrar lo que Dios ve en el corazón de su pueblo.
El mensaje le cuesta caro. Jeremías es perseguido, encarcelado y arrojado en una cisterna de lodo solo por decir la verdad que nadie quería oír.
Por eso se le conoció como el profeta llorón. Llora por el pueblo que ama, aun anunciando el juicio que la propia rebeldía de ellos provocó.
Sus lágrimas revelan algo importante acerca de Dios: él toma el pecado en serio, pero su corazón se entristece por el sufrimiento que la desobediencia trae.
En medio del anuncio de ruina, surge una de las promesas más hermosas de toda la Biblia. Dios dice que un día haría un nuevo pacto, escrito no en tablas de piedra, sino en el corazón de su pueblo.
Jeremías ve la caída de Jerusalén con sus propios ojos. Aun así, compra un campo como señal profética de que Dios reservaba un futuro más allá de la tragedia.
El libro de Jeremías muestra a un Dios que juzga el pecado con seriedad, pero que nunca deja de amar a los suyos. Vale la pena conocer de cerca esta historia de fidelidad en medio del dolor.