Hay decisiones que sabemos ciertas y aun así posponemos, porque tememos más la reacción de las personas a nuestro alrededor que las consecuencias de no actuar. Sedequías, el último rey de Judá, vivió esa tensión hasta el final, sabiendo cuál era el camino correcto y eligiendo, una y otra vez, no seguirlo.
Nabucodonosor, rey de Babilonia, puso a Matanías en el trono de Judá después de exiliar a su sobrino Joaquín, y le cambió el nombre a Sedequías (2 Reyes 24:17). Tenía veintiún años y reinó once en Jerusalén, bajo juramento de lealtad a Babilonia hecho en nombre de Dios (2 Crónicas 36:13).
A pesar del juramento, Sedequías se rebeló contra Nabucodonosor y buscó el apoyo de Egipto contra los babilonios. La respuesta llegó rápida: el ejército babilónico marchó contra Jerusalén y la sitió por casi dos años, cortando el suministro y la esperanza de la ciudad (Jeremías 39:1).
Durante el sitio, el rey llamaba en secreto al profeta Jeremías, quien anunciaba siempre el mismo mensaje, sin medias tintas: ríndete y vive, resiste y muere (Jeremías 38:17-18). Sedequías escuchaba, pero confesaba el verdadero motivo de su vacilación: tenía miedo de sus propios oficiales (Jeremías 38:19).
Tenía poder para proteger a Jeremías de las manos de los príncipes que querían matarlo, y lo hizo (Jeremías 38:10). Pero no tuvo el mismo valor para actuar sobre lo que sabía que era la palabra del Señor. Conocía el camino correcto y eligió el camino seguro.
Cuando el muro de Jerusalén finalmente cedió, Sedequías huyó de noche con sus soldados, pero fue alcanzado y capturado en las llanuras de Jericó (Jeremías 39:4-5). En Ribla, vio cómo sus propios hijos eran ejecutados ante sus ojos, tuvo los ojos cegados y fue llevado encadenado a Babilonia, donde moriría sin volver a ver jamás la tierra (Jeremías 39:6-7).
La historia de Sedequías no trata de un villano lejano, trata de alguien que conocía la verdad y, por miedo a la opinión ajena, postergó la obediencia hasta que ya no hubo más opción posible. Dios no le quitó la oportunidad de actuar bien, él mismo la desperdició, decisión tras decisión.
¿Cuántas veces sabemos lo que Dios pide y vacilamos, esperando un momento más seguro para obedecer? La vida de Sedequías advierte que ese momento rara vez llega, y que la indecisión ante la verdad también es una elección, con su propio precio que pagar.