Todo el mundo ha sentido, en alguna medida, lo que es vivir en el exilio: lejos de casa, lejos de lo que daba sentido a los días, en una espera sin fecha para terminar. Un empleo perdido, una mudanza forzada, un diagnóstico que reorganiza el futuro entero.
Ezequiel conoció esa sensación de forma literal y brutal. Sacerdote de nacimiento, pero sin templo para servir, fue arrancado de Jerusalén y llevado a Babilonia en la segunda oleada de exiliados, en 597 a. C.
Fue allí, a orillas del río Quebar, a los treinta años, la edad del inicio del servicio sacerdotal, que los cielos se abrieron ante él: seres vivientes, ruedas llenas de ojos y, por encima de todo, la gloria del Señor (Ez 1:4-28). Postrado en tierra, recibió un rollo escrito de lamentos y la orden de comerlo; en la boca, era dulce como la miel (Ez 2:9-3:3).
De ahí en adelante, Dios lo hizo centinela de Israel: callar ante el pecado ajeno le costaría la propia vida al profeta (Ez 3:17-19). Las órdenes siguientes pusieron a prueba esa obediencia. Ezequiel se acostó de un lado durante trescientos noventa días y del otro durante cuarenta, cargando de forma simbólica el pecado de Israel y Judá (Ez 4:4-6), después de protestar contra el modo en que debía preparar la comida (Ez 4:12-15).
El punto más alto del dolor llegó cuando Dios anunció que le quitaría, de un solo golpe, el deleite de sus ojos. Su esposa moriría, y él no podría llorar en público, señal de lo que le sucedería a Jerusalén (Ez 24:15-18). Él obedeció.
Años después, ya con el templo destruido, Dios le mostró un valle de huesos secos que ganaban tendones, carne y vida al soplo del Espíritu (Ez 37:1-14). El libro termina con un río que nace del templo restaurado y crece hasta llevar vida a todo por donde pasa (Ez 47:1-9).
La vida de Ezequiel no trata de un hombre extraordinario, sino de un Dios que habla justamente donde nadie lo esperaría: en una colonia de refugiados a orillas de un canal extranjero. Ningún lugar está demasiado lejos de la voz de Dios. Ninguna situación, por más espiritualmente muerta que parezca, está fuera del alcance del Espíritu que da vida.
Ezequiel también recuerda que la fidelidad profética rara vez es cómoda: cuesta el cuerpo, la reputación y hasta el duelo negado en público. Pero el corazón nuevo que él anunció (Ez 36:26) sigue siendo la misma oferta hecha a quien se siente exiliado hoy.