Quien haya cantado alguna vez «Santo, Santo, Santo, Señor Dios Todopoderoso» difícilmente sabe quién lo escribió. Reginald Heber fue un párroco inglés de un pueblo pequeño que jamás imaginó que aquel himno dominical se convertiría en uno de los cánticos más interpretados de toda la historia del cristianismo.
Nacido el 21 de abril de 1783 en Malpas, en el interior de Inglaterra, Heber provenía de una familia culta y devota. Se formó en Oxford, donde se destacó como poeta y ganó el prestigioso Premio Newdigate con el poema Palestine, siendo aún joven.
Ordenado sacerdote en 1807, asumió la parroquia de Hodnet, en Shropshire, donde serviría por dieciséis años. Junto a su esposa Amelia Shipley, cuidó de los fieles, predicó sermones y, en sus horas libres, compuso la mayor parte de sus himnos.
Fue en Hodnet, hacia 1820, que Heber escribió Santo, Santo, Santo, inspirado en la visión del trono celestial de Apocalipsis 4. En una carta de la época, confesó cierto recelo de publicar sus propios himnos, señal de modestia ante un texto que él no imaginaba tan duradero.
Heber también escribió From Greenland’s Icy Mountains, himno compuesto a las prisas en 1819 para una colecta de la Sociedad para la Propagación del Evangelio, a pedido de su suegro, el decano de Wrexham. El texto, sin embargo, contiene expresiones hoy reconocidas como prejuiciosas sobre pueblos no cristianos, como «el pagano en su ceguera», criticadas décadas después, incluso por Gandhi.
En 1823 fue consagrado obispo de Calcuta, cargo que lo llevó a la India con poco más de dos años de vida restantes. Viajó miles de kilómetros en barco y a caballo, del Ganges al Himalaya y hasta Bombay, y ordenó al primer clérigo nativo de la historia anglicana en la India.
Murió repentinamente el 3 de abril de 1826, en Trichinopoly, pocas horas después de bendecir a los fieles en lengua tamil. Su muerte prematura conmocionó a la India colonial: las banderas se izaron a media asta y salvas de cañón marcaron el luto público.
Hoy, el himno que casi no fue publicado resuena en cultos de todas las tradiciones cristianas, recordando que la adoración más duradera muchas veces nace de la vida sencilla de un pastor fiel a su parroquia, no de la búsqueda de grandeza.