<p>¿Quién nunca tuvo la rutina interrumpida por personas que llegaron pidiendo refugio, sin saber que aquella hospitalidad cambiaría su propia vida? Eso fue lo que le sucedió a un joven noble alemán que, al abrir sus tierras a refugiados, vio nacer allí uno de los mayores movimientos misioneros de la historia cristiana.</p>
<p>Nikolaus Ludwig von Zinzendorf nació el 26 de mayo de 1700, en Dresde, y fue criado por su abuela pietista tras la muerte prematura de su padre. Siendo aún estudiante, a los quince años, fundó junto con compañeros la Orden del Grano de Mostaza, comprometiéndose a vivir para Cristo y para el prójimo.</p>
<p>En 1722, compró a su abuela la propiedad de Berthelsdorf y, meses después, se casó con Erdmuth Dorothea von Reuss. Ese mismo año llegaron allí las primeras familias moravas, herederas de la antigua Iglesia de los Hermanos Bohemios, huyendo de la persecución religiosa. Zinzendorf las instaló en una aldea a la que llamó Herrnhut, la guarda del Señor.</p>
<p>La convivencia era tensa, marcada por disputas entre grupos de tradiciones diferentes. El 13 de agosto de 1727, durante un culto de comunión en Berthelsdorf, la comunidad vivió una reconciliación profunda, conocida después como el Pentecostés moravo. Días después, hombres y mujeres se organizaron en una vigilia de oración ininterrumpida que duraría más de cien años.</p>
<p>De ahí nació el impulso misionero: en 1732, Zinzendorf envió a los primeros misioneros moravos al Caribe, seguidos por otros a Groenlandia y a diversas naciones. Viajó a América del Norte y a Inglaterra, donde la espiritualidad morava que lideraba marcó al predicador inglés John Wesley, incluso después de un tenso encuentro personal entre ambos, en 1741. Hasta su muerte, los moravos ya habían enviado a más de doscientos misioneros, número extraordinario para una comunidad tan pequeña.</p>
<p>Zinzendorf también tuvo excesos documentados: a partir de 1747, su énfasis místico en las llagas de Cristo llevó a parte de la comunidad a un período de exageraciones devocionales conocido como el tiempo del tamiz. Él tardó en reaccionar a las críticas, pero finalmente reconoció y repudió los excesos.</p>
<p>Su vida nos recuerda que la hospitalidad y la oración perseverante pueden dar frutos mayores de lo que se imagina. La vigilia iniciada en Herrnhut aún inspira a comunidades de oración por el mundo, y el impulso de enviar incluso a quienes tienen pocos recursos sigue siendo una invitación actual a la misión.</p>
Pessoa