Quien alguna vez ha recibido visitas en casa conoce la tensión entre ocuparse de todo y estar realmente presente con quien llegó. Marta, hermana de María y de Lázaro, vivió esa tensión de un modo muy concreto: tuvo a Jesús en su mesa, en su propia casa, en Betania, y eso cambió su vida.
Marta era la hermana más práctica de la familia. Cuando Jesús visitó Betania, ella se lanzó a los preparativos mientras María se sentaba a sus pies para escucharlo. Incómoda, Marta se quejó de que hacía todo sola, y Jesús respondió con ternura: María había escogido la mejor parte, que no le sería quitada.
Tiempo después, Lázaro enfermó. Marta y María mandaron avisar a Jesús, pero él llegó solo cuatro días después de la muerte de su hermano. Fue Marta quien salió primero a su encuentro, todavía en el camino, y dijo lo que sentía: si él hubiera estado allí, Lázaro no habría muerto.
Aun en el dolor, Marta declaró algo enorme: creía que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Pero cuando él ordenó que quitaran la piedra del sepulcro, ella dudó, recordando que el cuerpo ya olía mal. Fe y duda conviviendo en la misma persona, en el mismo día.
Jesús llamó a Lázaro, y él salió vivo del sepulcro. Días después, en la última visita de Jesús a Betania antes de la cruz, Marta volvió a servir a la mesa, y María ungió sus pies con perfume. Las dos hermanas, tan diferentes, seguían recibiendo al mismo Señor, cada una a su modo.
Marta no es recordada como alguien perfecta, sino como alguien real: ansiosa, valiente, llena de fe y aun así insegura ante la muerte. Quien hoy corre entre tareas y visitas, entre servir y creer, encuentra en ella una compañía. Jesús no descartó su hospitalidad, solo le pidió que también se detuviera a escucharlo.