Toda casa tiene alguien que corre a servir y alguien que prefiere quedarse cerca, solo para estar presente. Cuando llegan visitas, una organiza todo, la otra se sienta junto a la persona amada. Los dos impulsos son buenos, pero no siempre reciben el mismo reconocimiento.
María vivía en Betania, cerca de Jerusalén, con su hermana Marta y su hermano Lázaro. Cuando Jesús visitó su casa, Marta se ocupó de los preparativos, pero María se sentó a los pies de él para escuchar sus palabras (Lucas 10:38-42). Molesta, Marta se quejó a Jesús, quien defendió a María: ella había escogido la mejor parte.
El momento más duro de la vida de María llegó con la muerte de Lázaro. Marta corrió al encuentro de Jesús, pero María se quedó en casa, sumida en el luto, hasta que fue llamada. Cuando por fin fue, se postró a sus pies llorando: si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto (Juan 11:32). Jesús lloró con ella, y después resucitó a Lázaro.
Poco antes de la última Pascua de Jesús, María volvió a aparecer, ahora con un gesto todavía más atrevido. Tomó un frasco de perfume de nardo puro, de altísimo valor, y ungió los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos. Judas criticó el desperdicio, pero Jesús la defendió de nuevo: ella había guardado aquel perfume para el día de su sepultura.
Tres escenas, siempre a los pies de Jesús: aprendiendo, llorando, adorando. María no da discursos, no lidera, no se la recuerda por palabras, sino por gestos que costaron algo real: tiempo, lágrimas, dinero.
Quizás ya hayas sentido la tensión entre hacer lo que hay que hacer y simplemente detenerte ante quien amas. María muestra que no hay una jerarquía fija entre las dos cosas, pero sí hay un centro: estar cerca de Jesús vale el precio, cualquiera que sea.