Todos hemos perdido a alguien y sentido que la ayuda llegó demasiado tarde, una llamada que no llegó a tiempo, una despedida que no ocurrió. La historia de Lázaro comienza exactamente en ese lugar de dolor y demora, y termina en un lugar que ningún dolor humano alcanza por sí solo.
Lázaro vivía en Betania, cerca de Jerusalén, con sus hermanas Marta y María. Los tres eran amigos muy cercanos de Jesús, que los amaba profundamente (Juan 11:1,3,5). Cuando Lázaro cayó gravemente enfermo, las hermanas mandaron avisar a Jesús, pero él tardó en llegar.
Lázaro murió, y Jesús solo llegó a Betania cuatro días después, cuando el cuerpo ya estaba en la tumba (Juan 11:17,39). Marta salió al encuentro de Jesús y dijo la frase que resume la desesperación de tantos que han perdido a un ser querido: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (Juan 11:21).
Jesús respondió con una de las declaraciones más fuertes de todo el Evangelio: “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25). Frente a la tumba, se conmovió profundamente y lloró junto con la familia (Juan 11:35), y después ordenó en voz alta: “¡Lázaro, sal fuera!” (Juan 11:43).
Lázaro salió vivo, todavía envuelto en vendas como un cadáver. La noticia se extendió tan rápido que los líderes religiosos, temiendo perder el control sobre el pueblo, comenzaron a tramar la muerte de Jesús, y más tarde también la de Lázaro (Juan 11:45,53; 12:9-11).
Días después, Lázaro estaba sentado a la mesa en una cena en Betania, vivo, comiendo junto al hombre que lo había llamado de vuelta de la muerte (Juan 12:1-2). No necesitó decir una sola palabra registrada en los Evangelios: su propia presencia ya era la prueba.
La vida de Lázaro no trata de méritos ni de discursos, trata de ser amado por Jesús aun cuando ese amor parece demorar demasiado. Su historia le dice al lector de hoy que la demora de Dios nunca es indiferencia, y que la última palabra sobre cualquier tumba todavía no ha sido dicha.