Quien alguna vez ha cargado un peso que preferiría esconder de los vecinos entiende algo de lo que sentía la mujer samaritana. Ella iba a buscar agua sola, al mediodía, en la hora más calurosa, cuando las demás mujeres ya habían ido y vuelto por la mañana.
Ella era samaritana, un pueblo que los judíos evitaban por una antigua rivalidad religiosa (Juan 4:9). Y tenía una historia pesada: cinco matrimonios fracasados, y ahora vivía con un hombre que no era su esposo (Juan 4:18). Una vida así enseña a andar sola.
Fue en ese pozo, vinculado a la memoria del patriarca Jacob, donde ella encontró a un hombre judío descansando al borde del camino, al mediodía. Jesús rompió dos costumbres a la vez: habló con una mujer sola y le pidió agua a una samaritana (Juan 4:6-9).
La conversación se fue haciendo más profunda de lo que ella esperaba. Jesús habló de un agua que satisface para siempre la sed del alma (Juan 4:13-14) y, sin acusación, reveló que conocía toda su vida (Juan 4:16-18). Ella reconoció allí a un profeta (Juan 4:19).
Cuando ella planteó la vieja disputa religiosa entre samaritanos y judíos sobre el lugar correcto para adorar, Jesús respondió que el verdadero culto depende del espíritu y de la verdad, no del lugar (Juan 4:20-24). Y cuando ella habló del Mesías que estaba por venir, Jesús se reveló a ella como el mismo Mesías (Juan 4:25-26).
Ella dejó el cántaro junto al pozo y volvió a la ciudad. No escondió su pasado, lo usó como prueba de lo que había vivido y llamó a los habitantes a ver a aquel hombre (Juan 4:28-29). Muchos samaritanos creyeron en Jesús por el testimonio de ella (Juan 4:39).
Una mujer sin nombre, sin lugar de honor en su propia ciudad, se convirtió en la primera en llevar las buenas noticias a todo un pueblo. Jesús no esperó a que su vida estuviera arreglada para confiarle la verdad más importante que existe. Tampoco espera eso de nosotros.