Imagina crecer en una Inglaterra donde la Biblia solo existía en latín, encerrada en la lengua de los sacerdotes y los maestros de Oxford. Fue en ese mundo cerrado donde John Wycliffe, profesor y teólogo respetado, decidió que las Escrituras también pertenecían al pueblo común, y no solo al clero.
Nacido hacia 1330 cerca de Wycliffe-on-Tees, en Yorkshire, llegó a Oxford siendo aún joven. Se convirtió en maestro del Balliol College y, más tarde, en doctor en teología, reconocido por su lógica afilada y por escritos densos sobre filosofía y derecho canónico.
Sus estudios lo llevaron a cuestionar el poder temporal de la Iglesia: la posesión de tierras, la riqueza del clero y la autoridad del papa sobre asuntos civiles. En 1377, el papa Gregorio XI condenó diecinueve de sus proposiciones como errores peligrosos.
Durante años, Wycliffe escapó de castigos más severos gracias a la protección de Juan de Gante, duque de Lancaster, uno de los hombres más poderosos de Inglaterra. Sin embargo, ese apoyo también tenía motivaciones políticas: el duque veía en Wycliffe un aliado útil para debilitar la riqueza y el poder del clero, no solo un teólogo con quien coincidía. Hacia 1378, cuando las ideas de Wycliffe se volvieron demasiado radicales incluso para esa alianza, el respaldo de Gante se enfrió. Su teoría de que solo quien vive en estado de gracia posee dominio legítimo sobre bienes y autoridad fue vista, tanto por contemporáneos como por historiadores posteriores, como uno de los puntos más frágiles de su pensamiento, de alcance práctico incierto y potencial desestabilizador.
Aun así, Wycliffe no retrocedió en su convicción central. Defendió que la autoridad final residía en la Escritura, no en la jerarquía eclesiástica, y pasó a sostener que la Biblia debía circular en inglés, la lengua del pueblo común, y no solo en latín.
La traducción que lleva su nombre no salió por completo de su pluma: colaboradores como Nicholas de Hereford y John Purvey condujeron buena parte del trabajo, y estudios más recientes sugieren que su participación personal en la traducción propiamente dicha pudo haber sido menor de lo que la tradición le atribuye. Aun así, la iniciativa y la convicción teológica detrás de ella fueron suyas.
Formó también a predicadores laicos, llamados después lolardos, que llevaban la Biblia traducida y la predicación del evangelio a casas y aldeas por toda Inglaterra. Wycliffe afirmó desaprobar la Revuelta de los Campesinos de 1381, pero sus ideas, incluso sin su consentimiento, fueron invocadas por algunos de sus líderes.
Perseguido por la jerarquía, dejó Oxford ese mismo año y se retiró a la parroquia de Lutterworth, donde murió en 1384, tras sufrir un derrame cerebral. Décadas después, el Concilio de Constanza lo declaró hereje, y sus huesos fueron exhumados y quemados en 1428.
Hoy es recordado como la estrella de la mañana de la Reforma: la luz que anunció, más de cien años antes de Martín Lutero, que la Palabra de Dios pertenece a todo pueblo, en cualquier lengua que hable.