Pocas historias de misiones conmueven tanto como la de un joven que murió intentando alcanzar a un pueblo que nunca había oído hablar de Jesús. Jim Elliot no nació héroe: era un estudiante dedicado y exigente consigo mismo, que pasó años decidiendo el rumbo de su propia vida.
Nació en Portland, Oregón, el 8 de octubre de 1927, en una familia de tradición de los Hermanos de Plymouth (Plymouth Brethren). Oyó hablar de Cristo desde pequeño en casa, y la disciplina espiritual del hogar lo marcó para siempre.
En Wheaton College, en Illinois, se graduó en griego con las más altas distinciones, en 1949, y conoció a Elisabeth Howard, quien se convertiría en su esposa. Sus diarios de esa época muestran a un joven intenso, a veces demasiado duro consigo mismo y con sus compañeros, exigiendo de todos la misma entrega total que exigía de sí mismo. Los mismos diarios registran, en sus propias palabras, largos períodos de autocrítica severa y culpa en relación con sentimientos y deseos comunes, un rigor personal que su propia esposa, al organizarlos años después, consideró necesario editar en algunos pasajes por ser demasiado íntimos.
En 1952 partió hacia Ecuador con su amigo Pete Fleming, para vivir y trabajar entre el pueblo quichua en la Amazonía, en la misión de Shandia. Se casó con Elisabeth en Quito el 8 de octubre de 1953, y la pareja tuvo una hija, Valerie, nacida en febrero de 1955, unos once meses antes del desenlace que marcaría la historia.
Junto a otros cuatro misioneros (Nate Saint, Ed McCully, Roger Youderian y Pete Fleming) planeó la Operación Auca: meses de sobrevuelos e intercambio de regalos para acercarse al pueblo huaorani, aislado y temido por su historia de violencia contra los extraños. Los cinco habían decidido, por convicción cristiana, no usar las armas que llevaban consigo, incluso ante un ataque.
El 8 de enero de 1956, un grupo de guerreros huaorani sorprendió el campamento instalado en Playa Palmera, a orillas del río Curaray, y mató a los cinco misioneros a golpes de lanza. La noticia recorrió el mundo, con amplia cobertura de prensa, y conmovió a iglesias de diferentes tradiciones.
Lo más notable vino después: su esposa Elisabeth y la misionera Rachel Saint regresaron, en 1958, para vivir entre los huaorani, perdonaron a los responsables del ataque y vieron a varios de ellos convertirse y ser bautizados en las mismas aguas donde todo había ocurrido. La frase que Elliot había escrito años antes en su diario, sobre dar lo que no se puede retener para ganar lo que no se puede perder, pasó a resumir su vida para millones de lectores.